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CUANDO EL DESEO SEXUAL SE DISFRAZA DE ETERNIDAD

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El Gran Engaño del Amor Romántico

En la superficie, el amor romántico parece el cenit de la experiencia humana: mariposas en el estómago, promesas bajo la luna, miradas que tiemblan de significado. Pero si uno se atreve a escarbar más profundo, como quien arranca la pintura de un viejo retrato, lo que aparece debajo es mucho menos poético y mucho más brutal: deseo sexual camuflado, una operación quirúrgicamente precisa del instinto de reproducción.

La verdad, por más incómoda que sea, es esta: la especie humana no está interesada en tu felicidad, solo en tu utilidad como vehículo genético. Y para lograr que cumplas con tu papel, ha desarrollado un truco magistral: hacerte creer que estás enamorado.

El “enamoramiento” es, en realidad, una descarga química: dopamina, serotonina, oxitocina. Un cóctel eufórico que adormece la razón y pone a la voluntad de rodillas. No es amor: es biología. Un mecanismo diseñado para que te unas a otro ser humano, lo suficientemente tiempo como para que tengas sexo, engendres un hijo… y luego, cuando el ciclo se cumple, se desvanece. Porque ya no eres necesario.

Por eso el amor apasionado muere. No porque fallaste tú, ni porque la otra persona cambió. Sino porque nunca fue real. Solo fue una ilusión bioquímica generada por el cuerpo para cumplir con su agenda oculta.

¿Y qué pasa si decides no jugar el juego? Si te mantienes célibe, si no cedes a los impulsos del deseo… El sistema no se queda quieto. Entonces cambia de táctica. Te crea sueños. Nostalgias. Fantasías de “esa persona especial” que aún no conoces. Proyecta en tu mente rostros que no existen. Y un día, sin saber cómo, te descubres suspirando por un amor que no has vivido, imaginando un compañero de vida que en realidad es solo un señuelo del instinto.

Todo esto no es poesía. Es programación. La libertad comienza cuando lo entiendes. Cuando te das cuenta de que la idea del amor eterno muchas veces no es más que una estrategia evolutiva para lograr que te reproduzcas. Que el deseo, vestido con las ropas del alma, puede engañar incluso al más sabio.

¿Significa esto que el amor no existe? No. Pero significa que la mayoría de lo que llamamos “amor” es simplemente un deseo disfrazado. Y que encontrar el verdadero amor —ese que no necesita sexo, ni promesas, ni fuegos artificiales hormonales— es mucho más raro, más sutil… y tal vez solo aparece cuando uno ha dejado de buscarlo.

Bienvenido al desengaño. Aquí comienza la libertad.

Schopenhauer y el Amor como Ilusión del Instinto Sexual

Arthur Schopenhauer, ese filósofo lúgubre y afilado como una navaja, no tuvo reparos en arrancarle el velo al amor romántico. Para él, lo que llamamos “amor” no es más que el truco más astuto de la Voluntad de vivir —ese principio ciego, irracional, que empuja a toda forma de vida a perpetuarse.

Schopenhauer escribió que los amantes creen que están viviendo una historia única y sublime, cuando en realidad son marionetas del deseo sexual disfrazado de emoción trascendental. La Voluntad los manipula para unirlos, no por su felicidad, sino para crear un nuevo ser humano. Todo el teatro emocional —los celos, la pasión, las lágrimas, las promesas— es pura decoración para hacer más digerible la operación brutal de la reproducción.

En sus palabras:

“Lo que en la poesía se celebra como el amor sublime, no es más que el instinto sexual que ha alcanzado una intensidad inusitada.”

Para él, el amor romántico era simplemente la manera en que el instinto se impone a la razón, utilizando la ilusión como medio de dominación. La elección de pareja, decía, es en realidad una selección inconsciente de los mejores genes, y no un acto de libertad personal. Tú crees que te atrae su mirada… pero es su cadera, su simetría facial, su salud reproductiva lo que está decidiendo por ti.

Y no está solo.

Nietzsche, en su feroz estilo, también señaló que el amor es un disfraz noble para el deseo sexual, y que muchas veces el sufrimiento por amor no es más que una consecuencia de no haber consumado el deseo. Para él, la cultura ha sublimado el deseo en romance, pero debajo sigue estando la misma bestia que jadea por la carne.

Freud, más tarde, profundizó esta idea, argumentando que incluso las formas más elevadas del amor están impregnadas por la pulsión sexual (libido). Toda ternura, decía Freud, nace de una energía erótica transformada.

Estos pensadores no buscaban destruir el amor, sino mostrar su esqueleto. Y ese es el gesto más amoroso hacia la verdad.

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